viernes, 3 de mayo de 2013

CORTOCIRCUITO I_I



Adoro esos días en los que todo parece llevarte al mismo punto y pensamiento. ¿Para qué gran y loable hecho? Para nada. Simplemente para nada.
Es como un ronroneo constante de aquello que te circula por la mente y que te hace saber que ese es el hilo que debes hilvanar. Así se van uniendo pensamientos, tesis y antítesis sobre una misma idea hasta que finalmente todo está ya preparado para arrojarlo a borbotones.
Un monotema que te enrolla, que te persigue y estrangula hasta que toma forma de algo y que mientras tanto va enredado en el estómago como un sentimiento de un no sé qué que qué sé yo que quiere salir y no sabe cómo.
El caso es que sigo enredada y sin comprender las absurdas conexiones de mi mente, esas que me hacen olvidar el título, autor, fecha y argumento de un libro, pero que al volver a releerlo me llevan a mi primera lectura, al sitio, espacio y emociones con las que por primera vez iba descubriendo esas palabras.
Recuerdo (y cuando digo recuerdo quiere decir que lo veo tan nítido como en una fotografía) haber leído este libro, hace por lo menos catorce años, en el sillón verde (y no el que ahora está) de mi padre en la sala de estar, con las rodillas dobladas y los pies descalzos sobre el asiento, dejando que los rayos de sol entraran por la ventana y me calentaran, recuerdo la emoción de averiguar por qué es un libro tan fascinante y mi conmoción al sentirme yo entre esas páginas. Pero pasado el tiempo no recordaba su argumento, incluso ahora que vuelvo a leerlo, recuerdo vagamente algún personaje, pero nada de la trama, he olvidado su final y lo releo como un libro nuevo pero sentada en mi sillón marrón con rayas naranjas y donde el sol apenas se acerca a rozar el alféizar de la ventana, recuerdo desde el primer párrafo porqué lo sentí tan mío y cierro los ojos porque me llega el familiar olor del sillón de casa de mis padres. Disfruto de esta nueva lectura evocando aquel primer encuentro y entonces dejo a un lado el libro para afanarme en comprender los extraños cortocircuitos que se producen en mi mente, estos inconexos misterios que me hacen olvidarme de informaciones relevantes de la vida, datos, conversaciones, fechas y que sin embargo me enlazan a fragmentos etéreos y visuales. Esto es mi memoria, esta es la armonía de mi conciencia.
A veces, intento esforzarme por recordar las palabras de una imagen, cuando en ese momento crítico te dicen te acuerdas de lo que te dije”… y yo recuerdo el entorno, las posturas, el sitio, las sensaciones, hasta cómo tintineaban las luces, pero soy incapaz de recordar las palabras se me han esfumado y no las alcanzo aunque consiga recordar el movimiento de los labios pronunciándolas.
Puede ser que tenga algún sendero de la memoria cortado al tráfico, ya estuvo una vez la aorta en obras, quizá por eso no se imprimen las palabras en el recuerdo. Quizá sea que ya tengo tantas palabras en la mente que no caben más y por eso no dejo entrar las ajenas, que mi sistema inmune las rechaza porque ya son demasiadas y más palabras podrían provocar un atasco de dimensiones épicas y entonces las palabras por crear y las palabras vividas se chocarían y provocarían un apocalíptico colapso y ya no sabría las que me pertenecen y las que son prestadas, porque no habría más que lexemas desmembrados por el suelo y sílabas huérfanas y acentos viudos y polvo y ruido por todas partes y todo sin paz y sin latido.
O quizá, simplemente, es que sea tan desastre como dicen que soy.

No hay comentarios: