Al final, lo único necesario para la intersección entre X e Y es un punto,
un punto redondo, preciso, limitado únicamente a expandirse lo necesario para que dos líneas se crucen;
un punto que no sirve para nada más que ensancharse hondo y aunar dos líneas hasta ahora distantes,
y a partir de ahí el punto se desvanece, quedándose hueco, hasta ser un contorno, un círculo, un cero.
Una vez resuelto el problema aritmético ya nada tiene sentido ni fin.
Sin embargo, este arte de la conexión no es tan sencillo, requiere un profundo conocimiento de las lineas y secuencias, de los billones de puntos minúsculos que conforman a X y a Y o a Z y una vez reconocidos hallar el punto perfecto de intersección .
Y ahí todo acaba porque ya nada ajeno encaja.
Es así de simple.
Es así de complejo ser un punto que intersecciona líneas aparentemente distantes.
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