Mi
impresora dejó de imprimir,
se puso a
parpadear incesantemente
en un frenético
rotar de luces,
hasta
llegar al electroencefalograma plano.
Mi portátil
no quiere cargarse más,
dice que ya
está agotado y que debo renovarle,
será por
tantas letras y tantas noches alumbrando salones.
Mi teléfono
tiene una efímera vida,
apenas unas
cuantas horas de charla y mensajes,
de
emoticonos y frases breves.
Mi ebook es
quien decide cuando debo dormir
y después
de 100 páginas se apaga.
¿Será un
fallo de energía?
Busco dónde
conectar tanto artilugio,
pero no
encuentro la toma de corriente adecuada,
así que
dejo que las baterías se agoten,
que se vaya
oscureciendo la pantalla
hasta
quedar sin aliento ni resuello.
Suspirando
hondo y ovillándote.
Posando las
manos en el regazo
y
consumiendo a bocanadas
el aire
inagotable
que te ha
de convencer de que aunque nada cargue
imparablemente
sigues funcionando.
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