Si es cierto que la verdad es como una manta que siempre te deja los pies fríos (como dicen en El club de los poetas muertos) que la estiras, la extiendes y nunca es suficiente, que la sacudes, la das patadas, pero nunca llega a cubrirnos... yo creo que el paraguas es un inútil parapeto para esa agua, que tras tanto suplicar, nos regala el cielo.
Y es un estúpido artilugio porque es perfectamente simétrico cuando el hombre no es simétrico, o mejor dicho, un hombre llevando un paraguas no es simétrico.
Si el paraguas va en tu mano izquierda, la mano derecha terminará húmeda, y es una gran tragedia que una mano tan útil y en mi caso vital para comprenderme caiga enferma con gripe o neumonía, porque si ella se empapa del agua inevitablemente llegará a todos los miembros del cuerpo. Si el paraguas va en tu mano derecha sucede -obviamente- a la inversa. Pero en cualesquiera de las manos en la que vaya el paraguas siempre sale perdiendo la espalda que inevitablemente se va a calar, en mi caso es la mochila donde llevo todo lo que necesito para el camino, donde llevo lo que quiero acarrear y también lo que no quiero. La mochila poco a poco va recibiendo esa agua y la va absorbiendo lentamente, pero sólo descubres este hecho cuando llegas al destino y ves que todo lo que llevabas en ella ha quedado impregnado de humedad. Pero sinceramente, es una suerte que al menos tu mochila y tu mano puedan recibir esa lluvia vivificante a pesar de tus intentos por impedirlo, es una suerte porque afortunadamente hay alguien que sabe bien donde debe posarse cada gota de agua.
Pero volviendo a la inútil simetría del paraguas... sólo hay una forma de mantener el equilibrio entre el paraguas y tu cuerpo y es apoyándolo en la nariz y ciertamente, es una postura muy incómoda, sobretodo porque te impide ver las baldosas traidoras que te escupen el lodo hasta los ojos.
Si fuera inventora... crearía un paraguas que fuera más largo por uno de sus lados para que no quedara uno de los brazos al descubierto, que fuera más ancho por la parte de la espalda y que en su parte delantera fuera más corto, porque, perdonadme la obviedad, es un absurdo todo ese espacio que hay delante, puesto que a los pies les da igual. Los pies siempre se empapan porque ellos no reciben la lluvia que cae sino que absorben el agua sucia que se queda acumulada en el suelo y que escupe toda la miseria de la tierra hacia tus zapatos y los bajos de tus pantalones.
Además yo enseguida me canso de llevar el paraguas en mi mano, lo cambio de una a otra, lo apoyo contra el hombro, lo cambio de lado, cuando puedo lo bajo mirando hacia el suelo y disfruto de la lluvia y pienso que esa agua tal vez pueda limpiarme y a veces, se terminan los soportales y me doy cuenta de que sigo con el paraguas hacia el suelo porque me he distraído y siento ese sentido del ridículo que por otra parte es estúpido ya que la calle está vacía y sólo quedan dos pasos de cebra para llegar a mi casa, pero al llegar a uno de ellos me detengo, como si tuviera ante mí un abismo hay un charco que ocupa tres franjas del paso de cebra, -esto es dema
siado- pienso, y me quedo ahí, parada, mirando el inmenso charco hasta que me digo -piensa por donde cruzar ¡espabila!-; miras hacia la izquierda y la derecha para determinar por dónde se estrecha el charco y la menor distancia a recorrer, al fin, supero mi particular obstáculo pero al hacerlo me adelanta un señor y entonces sí que se agudiza mi sentido del ridículo. Pero mira, es que me canso de tener que estar frenando aquello que tanto deseaba sólo por el hecho de no parecer loca, me canso de tener que llevar un paraguas que en realidad no para el agua sino que simplemente hace que cale más, porque en lugar de una gota lo que te moja es una chorrera de las que escurren por uno de sus lados y porque en lugar de calarte poco a poco la cara te empieza por empapar los pies y hacer que todo el camino esté condicionado por la detestable sensación que causan unos pies húmedos y un corazón en sequía...
Y es un estúpido artilugio porque es perfectamente simétrico cuando el hombre no es simétrico, o mejor dicho, un hombre llevando un paraguas no es simétrico.
Si el paraguas va en tu mano izquierda, la mano derecha terminará húmeda, y es una gran tragedia que una mano tan útil y en mi caso vital para comprenderme caiga enferma con gripe o neumonía, porque si ella se empapa del agua inevitablemente llegará a todos los miembros del cuerpo. Si el paraguas va en tu mano derecha sucede -obviamente- a la inversa. Pero en cualesquiera de las manos en la que vaya el paraguas siempre sale perdiendo la espalda que inevitablemente se va a calar, en mi caso es la mochila donde llevo todo lo que necesito para el camino, donde llevo lo que quiero acarrear y también lo que no quiero. La mochila poco a poco va recibiendo esa agua y la va absorbiendo lentamente, pero sólo descubres este hecho cuando llegas al destino y ves que todo lo que llevabas en ella ha quedado impregnado de humedad. Pero sinceramente, es una suerte que al menos tu mochila y tu mano puedan recibir esa lluvia vivificante a pesar de tus intentos por impedirlo, es una suerte porque afortunadamente hay alguien que sabe bien donde debe posarse cada gota de agua.
Pero volviendo a la inútil simetría del paraguas... sólo hay una forma de mantener el equilibrio entre el paraguas y tu cuerpo y es apoyándolo en la nariz y ciertamente, es una postura muy incómoda, sobretodo porque te impide ver las baldosas traidoras que te escupen el lodo hasta los ojos.
Si fuera inventora... crearía un paraguas que fuera más largo por uno de sus lados para que no quedara uno de los brazos al descubierto, que fuera más ancho por la parte de la espalda y que en su parte delantera fuera más corto, porque, perdonadme la obviedad, es un absurdo todo ese espacio que hay delante, puesto que a los pies les da igual. Los pies siempre se empapan porque ellos no reciben la lluvia que cae sino que absorben el agua sucia que se queda acumulada en el suelo y que escupe toda la miseria de la tierra hacia tus zapatos y los bajos de tus pantalones.
Además yo enseguida me canso de llevar el paraguas en mi mano, lo cambio de una a otra, lo apoyo contra el hombro, lo cambio de lado, cuando puedo lo bajo mirando hacia el suelo y disfruto de la lluvia y pienso que esa agua tal vez pueda limpiarme y a veces, se terminan los soportales y me doy cuenta de que sigo con el paraguas hacia el suelo porque me he distraído y siento ese sentido del ridículo que por otra parte es estúpido ya que la calle está vacía y sólo quedan dos pasos de cebra para llegar a mi casa, pero al llegar a uno de ellos me detengo, como si tuviera ante mí un abismo hay un charco que ocupa tres franjas del paso de cebra, -esto es dema
siado- pienso, y me quedo ahí, parada, mirando el inmenso charco hasta que me digo -piensa por donde cruzar ¡espabila!-; miras hacia la izquierda y la derecha para determinar por dónde se estrecha el charco y la menor distancia a recorrer, al fin, supero mi particular obstáculo pero al hacerlo me adelanta un señor y entonces sí que se agudiza mi sentido del ridículo. Pero mira, es que me canso de tener que estar frenando aquello que tanto deseaba sólo por el hecho de no parecer loca, me canso de tener que llevar un paraguas que en realidad no para el agua sino que simplemente hace que cale más, porque en lugar de una gota lo que te moja es una chorrera de las que escurren por uno de sus lados y porque en lugar de calarte poco a poco la cara te empieza por empapar los pies y hacer que todo el camino esté condicionado por la detestable sensación que causan unos pies húmedos y un corazón en sequía...
3 comentarios:
Me gusta la foto. La reflexión es muy original. Patenta la idea o cómprate un coche... Un abrazo. Area 12
Lo cierto es que si me comprara un coche me perdería el silencio de la calle por la noche, las campañas que suenan sucesivamente a las 12 de la noche y que resuenan en una calle Mayor vacía, que descansa pesadamente del tumulto de gente que durante toda la mañana la ha agotado. Me perdería los edificios en su esplendor, el reflejo de las luces en una calle mojada que nadie ha observado, me perdería el observar las flores del Salón que a esas horas nadie se detiene a ver, pero que sin embargo siguen estando ahí.
Si tuviera un coche me perdería tantos pensamientos que nunca habrían surgido... Gracias por tus comentarios Area 12
Si no quieres coche, disfruta de tu "agüita de abril". Area 12
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