jueves, 3 de abril de 2008

AJADA VASIJA

Iba hacia casa, y me hacía una pregunta ¿cuáles son esos rotos por los que se me escapa el agua que he de llevar? y de esa agua que se me escapa ¿también salen flores, qué flores nacen a mi paso? Y sin saber cómo vino una de esas frases hechas a mi mente “siempre hay un roto para un descosido” y me entretuve pensando en que era bastante estúpida esta afirmación, porque debería ser que hay un remiendo para un roto o bien hay hilo y aguja para un descosido o algo así. Al llegar a casa miré el Moliner y su definición a esta frase es que “por poco que sea el valor de una persona nunca falta otra con la que pueda acomodarse o formar pareja”. ¡Claro! no es cuestión de complementarios sino de sinónimos. No es que haya otra persona que se complemente contigo y remiende el roto que tú tienes, sino que hay otra persona, ahí fuera, en algún lugar, que donde tú tienes un roto, él tiene un descosido.
Lo cierto es que ni si quiera sé si puedo llamarme vasija, porque no sé si aún tengo alguna pieza intacta que pueda asegurarme que soy un recipiente. Tengo rotas las asas, esas con las que los demás te alzan y te hacen válido, porque gracias a las asas se pueden alzar los objetos con facilidad; para elevarme es necesario realizar un esfuerzo y a veces no merece la pena. Los bordes de mi vasija están resquebrajados, ha sido tanta el agua que ha manado de la boca de mi recipiente que se ha desgastado con facilidad, sobre todo porque, en ese verterse, a menudo se ha golpeado o se ha precipitado al suelo, algo normal, al tener el defecto de fábrica de unas endebles asas incapaces de mantener su peso. Ciertamente con tanto golpe y ajetreo poco a poco se ha ido resquebrajando la vasija, se han hecho grietas superficiales, se ha levantado la pintura que lo adornaba y se han formado hendeduras más hondas en las que si se mira, puede verse claramente su interior oscuro y algo húmedo por el agua transportada. Y qué decir del fondo, de ese elemento vital que convierte la vasija en un recipiente (recipiens, recipientis “el que recibe”) y no en un tubo. Malamente se puede recibir si no hay un fondo que evite que todo el agua se escape. Afortunadamente la base de mi vasija aún anda intacta, todo lo que en ella cae permanece sedimentado en ese fondo que cada vez es más grueso por tanto que tiene acumulado, porque aquello que pesa cae, mientras lo más ligero se va escapando por los resquicios del barro. Sería difícil definir cada una de las fisuras por las que voy perdiendo ese contenido que he de llevar a alguna parte, pero mientras contenga algo auque sea suciedad y mientras tenga un fondo y una abertura será una vasija aunque sea bienaventuradamente defectuosa y rota, aunque no pueda ver las flores que crecen gracias al agua que pierde por estar tan preocupada de que llegue algo de agua al destino.

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