hasta
que sus labios sean tan azules como su alcurnia,
si
ahora resulta que la princesa no despertó
por
un candoroso beso de amor.
La
princesa está triste…
los
suspiros se escapan de sus labios de fresa
y
palpita ardiente contra la silla de oro
soñando del
piano notas en clave de do.
Pero
ya todo eso da igual,
la
princesa está turbada…
y
los gemidos se escapan de sus labios de granada.
Cómete
al lobo feroz, amordaza a la madrastra y somete al príncipe azul;
El
dragón se ha escapado… la ira de su fuego roza las mejillas...
no
tardará en regresar.
Y
mientras tanto abrasa,
con
sus inoportunas llamas de orgullo y suficiencia,
la
espalda marmolea de la princesa insensata.
Todo
son preguntas sin sentido,
fragmentos
descoloridos
y
callejones sin salida ni esquinas,
la
caída del impero, el asedio al reino del orden y de la omisión.
Y
qué más da si al cerrar los ojos siga viendo con nitidez,
si
los dedos siguen deteniéndose sobre el teclado,
si
el pulso se acelera y aplaste el pecho como una roca…
hasta
entonces hay que seguir dando bocanadas
para
seguir vagamente existiendo
mientras
le tuerce y retuerce el cuello al príncipe, a la madrastra y al hada
en la apacible cloaca de rana.

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