jueves, 6 de marzo de 2008

FILOSOFÍA DE LA BALDOSA

Sólo uno mismo sabe por qué pisa una baldosa y no otra. A veces esquivamos bruscamente un algo que sólo nosotros vemos y que en apariencia a los demás les puede parecer un movimiento ebrio o exagerado, porque sólo nosotros sabemos lo que no debemos pisar aunque en ese encarecido amago corremos el riesgo de torcernos el tobillo o caernos al suelo, quedando un duradero dolor en la experiencia de lo vivido.
Pisamos sobre las baldosas firmemente, decididos, otras dudosos, algunas casi ni las pisamos sino que simplemente las rozamos con la puntera o el tacón del zapato.
Sólo uno mismo sabe qué baldosas no quiere pisar aunque no sepa cuales son en las que sí debe posarse, por ejemplo esas que están rotas y que cubrimos con nuestro pie para aparentar que son firmes y seguras, pero que al final se quiebran y nosotros con ellas si no saltamos lo suficientemente rápido hacia otra. O las que bajo ellas tienen un charco de agua y barro que pueden salpicarte los zapatos, las manos y hasta tus propios ojos si no tienes cuidado y te apoyas en ellas confiado de una firmeza aparente.
A mí no me gusta pisar las losetas sucias o que tienen chicles porque estos te pegan a la baldosa dándote una falsa sensación de libertad elástica.
Luego están las demás baldosas, esas que sí están limpias, que sí están enteras y que están plenamente cimentadas al suelo. Sobre estas descargas toda la energía de tu cuerpo en una firme pisada que te hace sentir seguro de tu camino, sin embargo, si permaneces demasiado tiempo sobre ellas tu peso puede agrietarlas, el movimiento del mundo puede remover sus cimientos y la baldosa, que al principio era firme, puede volverse insegura, tendente en cualquier momento a quebrantarse y romperte a ti con ella si no te mueves hacia otra parte.
Por supuesto también están los obstáculos que nos impiden posarnos sobre la perfecta baldosa de mármol rosa y los pozos, que estiran sus bocas hacia nosotros cuando nos ven dar un mal paso o cuando un suelo resbaladizo nos escupe hacia ellos, pero sobre los pozos tengo una amplia teoría que es mejor dejarla para otro momento.
Por eso hay dos opciones, saltar rápidamente de baldosa en baldosa sin darte tiempo a posarte o dejar de mirar al suelo mientras caminas por la calle un miércoles a las doce menos veinte de la noche porque, al fin y al cabo, va a ser irremediable que desaparezcan todas las baldosas de tu camino. Si a ti se te ocurren más opciones...

1 comentario:

Anónimo dijo...

San Pablo un día, pasando por una ciudad griega, entró en el areópago donde los griegos tenían estatuas a todos los dioses habidos y por haber. Su mirada se posó sobre una estatua dedicada al dios desconocido y aprovechó la coyuntura para colocar a su Dios en esa estatua y que los griegos lo descubriesen como el Dios verdaro que él había conocido.
A Jesús le han definido y se ha definido de muchas maneras: el buen pastor, el camino, la verdad, la vida, la vid, el amigo fiel...
Pero creo que nadie le ha definido como una baldosa, pero escuchando tu filosofía de la baldosa he pensado hacer también como San Pablo y aprovechar la coyuntura para decirte que tal vez esa baldosa firme que crees no encontrar en el mundo, que crees que no será capaz de soportar tu permanencia en ella, pueda ser Él.
Si te lo encuentras por tu camino pisa seguro en Él que no se va a resquebrajar, que no te va a defraudar, que el mundo no le va a debilitar y que estaré firme aguantando tu peso porque así lo ha hecho con toda la humanidad cargando sobre sus espaldas el dolor, el pecado, la soledad del mundo.