“Soltar todo y largarse ¡qué maravilla!” dice Silvio… y es que atesoramos tanta inútil cosa en nuestros pequeños mundos… de qué sirven montañas de libros que en su mayoría sólo se han leído una vez, de qué sirven tantos montones de papeles contando la misma historia, para qué tantos apuntes que no se volverán a estudiar… por si acaso, por si acaso… y así nos amontonamos en nuestras pequeñas guaridas, acurrucados bajo poemas raídos.
Para qué guardar ese anillo, esta pulsera y aquella carta, para qué conservar el primer beso, la primera palabra.
Ahora tengo la certeza de que nada es mío, de que todo son ficciones de ocasos en desvelos, mi yo se refugia en una memoria externa que en cualquier momento puede formatearse. Te empeñas en hacer copias de seguridad, pero nada de eso asegura tu vida.
Ni el ansia de lo espiritual, ni el afán de lo corporal… nada puede responder al sinsentido.
Acarreo todos los vicios, el del café amargo y el humo de negro, el de poetas añejos, el de cervezas y tequila reposado, el de los cantautores malsanos que lloran penas que no alcanzo, el de los protesta que protestan por las infidelidades a mí misma.Paseo todos mis vicios y su música clásica por calles y parques, fotografiando en el alma recónditos callejones que me habrán de llevar al campo de batalla.
Suelto todo, pero no me largo… no me largo porque no sé hacia dónde encaminarme.
Y me quedo sentada a orilla de una madrugada para que la resaca me jale.
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