lunes, 9 de junio de 2008

A veces nos abrigamos con una toquilla deshilachada y sucia que nos cubre los hombros, cobijando sólo en parte nuestra necesidad.
A veces nos cubre la tristeza cuando ni si quiera parecía que tuviéramos frío.
Vives la espera de quien sabiéndose poseedor de nada se siente deudor de todo.
Pero a veces, mientras esperas en el umbral de la casa refresca
y te abrigas con toquillas de la abuela que te envuelven en su tristeza y su olor a rancio,
y coges ajadas mantas que no te cubren entera
y te enfrías
y te empapas
y te llenas de lodo en tu quieta espera al umbral de la puerta.
Y se te riega el corazón con esperanzas
y se te empapa el alma con desesperanzas.

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